domingo, 17 de mayo de 2015

La semana del averno I

   Soy una chica chick-lit, como bien sabéis todos por esta entrada, y, como tal, pues me pasan cosas... peculiares. Esta semana ha sido particularmente intensa y desconozco aún cómo he sobrevivido a ella. Con la ayuda del Zagal, claro, si no, habría sido imposible.[1] 

   Todo empieza un viernes. Tenemos que desmontar un armario viejo que ya estaba en el piso de la dueña anterior, para que nos puedan montar el nuevo el lunes. La asistenta de mi suegra se lo va a llevar y hemos quedado con ella a las 18:45 para que nos ayude a desmontarlo y bajarlo a su coche (que espero que sea grande, porque el armario lo es). 

El armario era bastante parecido a este

   Empiezo a quitar baldas y cajones para ir ganando tiempo y cuando el Zagal vuelve de trabajar a las 18:30 me ayuda a quitar las puertas. Como esta señora no viene, seguimos. Quitamos los pernos que sujetan las partes importantes del armario, incluidos los que al principio ni sospechábamos que existían. Desmontamos la parte de arriba del armario, y estamos peleándonos con los pernos de la parte de abajo (mucho menos accesibles) cuando aparece la asistenta. Mi suegra se hizo un lío y le dijo mal la hora, así que esta mujer viene antes de la hora que le dijeron, pero tarde para lo que nosotros queríamos. 

   Da igual, el armario está casi desmontado, la señora habla sin parar y repite las mismas cosas varias veces. Es simpática, pero un poco cargante. Dice que ha tenido que venir en el coche blanco porque el otro se le ha roto y lo ha estado arreglando pero como no quería llegar tarde no ha terminado. El otro coche tenía baca, y el blanco no. Bueno, da igual, seguro que cabe, será un coche grande. 

   Una vez quitados los pernos, las partes del armario salen solas: laterales, traseras (dividida en tres partes) y, por último, la parte de abajo que, al igual que el frontal de arriba, mide dos metros de largo. 

   Empezamos a bajar cosas, rezando porque quepan en el ascensor. Primero las más voluminosas: frontal y parte de abajo. Con mucho esfuerzo, inclinando, el Zagal peleándose, conseguimos que el frontal de arriba entre en el ascensor. Metemos algunas puertas y algo más, y bajamos al coche. La asistenta no ha podido aparcar cerca porque no había sitio, así que lo ha dejado a la vuelta de la manzana. Vamos hasta allí llevando las cosas con cariño, como diría el Zagal, y cuando llegamos al coche es un Clío. Un Clío. De tres puertas. Esta señora pretende meter un armario de dos metros de largo en un Clío


Un coche enorme
   En mitad de su parloteo, la asistenta comenta que si no puede cerrar el maletero, lo agarra con una cuerda y ya está. Ajá, vale. Mejor respiro hondo que creo que empiezo a hiperventilar. 

   Abrimos el maletero para empezar a cargar y mi sorpresa es mayúscula cuando veo que está lleno de... bueno, de mierdas. Veo varios pares de zapatos, trastos que no identifico, cubos... Lo aparta todo como puede, echa los asientos traseros hacia delante y empezamos a meter cosas. Tenemos que pelearnos bastante y hacer otro viaje a casa a por más cosas (porque ella insiste en que quiere llevarse todo lo posible para molestarnos menos a nosotros, para quitárnoslo del medio...), y al final, no sé muy bien cómo, conseguimos que quepa frontal y parte de abajo, algunas puertas, algunas baldas... Lleva más de la mitad del armario en un Clío

   Se monta en su coche para llevar las cosas a su casa. Ya son casi las 9 de la noche y le decimos que si vuelve mañana a por el resto que no pasa nada, pero que avise. Ella insiste en que quiere molestarnos lo menos posible, y que si no tarda mucho en sacarlo todo en su casa, vuelve hoy a llevarse el resto. 

   Se va y según la vemos alejarse, vemos que las cosas que lleva en este viaje no sólo dan en el salpicadero de delante y le tocan incluso el espejo de dentro, sino que le están quitando a ella espacio porque le pegan en el hombro. Es un trayecto de 10 minutos por la m30, pero realmente temo por su vida, porque tal y como lleva el coche, sólo puede ver por el espejo izquierdo. 

   El Zagal y yo subimos a casa y preparamos algo de comer, nos sentamos en el sofá y  nos relajamos. Estamos reventados. Pensamos que tenemos al menos una hora porque entre que ella llegue a su casa y consiga descargar todo ella sola va a pasar un buen rato. A la media hora de haber subido, suena el telefonillo. 

   Nos miramos. No puede ser. No puede haber hecho 10 minutos de ida, 10 minutos de vuelta y descargar todo eso en otros 10 minutos. Es imposible. Pero sí. Empiezo a sospechar que esta mujer es una superheroína, que tiene una fuera descomunal, o algo así. Pero no, simplemente está muy interesada en llevarse nuestro armario viejo (que sí, es bonito, pero muy poco funcional) y quiere molestarnos lo menos posible, como ha repetido al menos veinte veces ya. 

   Sube, y volvemos a cargar el ascensor, ya con lo que queda: las puertas y la cajonera grande. Lo bajamos todo al portal y mientras el Zagal y la señora se van a llevar algunas cosas, yo me quedo custodiando las puertas. Como algunas son de espejo me paso el rato haciendo el panoli, mirándome el reflejo en el espejo del armario, y el reflejo del reflejo en el espejo del portal. En lo que estoy ahí, pasan al menos cinco o seis personas y me miran un poco raro. 

   Vuelve el Zagal a rescatarme. Nos quedan un par de viajes más al coche, pero la SuperSeñora decide que ella puede coger tres puertas de golpe, así que el Zagal y yo cogemos una cada uno. Y de un solo viaje llevamos todo. De nuevo, el coche va cargado hasta arriba de una forma demencial. Esta vez, una de las partes de la trasera, de un metro de ancho, va por encima de ambos asientos, así que la SuperSeñora tiene que agacharse un poquito para poder conducir. Y, de nuevo, sólo puede ver por el retrovisor izquierdo. Estoy convencida de que si le para la policía le retiran el carnet, pero a ella le da igual, ella quiere su armario. 

   Terminamos de cargar, cerramos (no sé aún ni como) el maletero, y ella se va tan feliz con su coche y su armario, y yo me quedo convencida de que se va a estrellar. Me cuenta el Zagal, por si esto fuera poco, que además conduce fatal, se queda a medias entre dos carriles, se despista un montón... Todo un peligro en la carretera y, además, lo de recoger muebles que le regalan y meterlos a presión en su coche es algo que hace habitualmente. Tengo miedo. 

   Pero ya no tenemos el armario viejo y eso es una maravilla. Con la cantidad de espacio que hay ahora en la habitación, nos sentimos tentados de no encargar el armario nuevo, pero ya hemos dado el adelanto y, además, necesitamos un sitio donde guardar la ropa, especialmente yo. 

   Como sólo el viernes me ha ocupado tanto, os seguiré contando el resto de la semana (que en realidad es más tiempo) en otras entradas. Con esta hemos aprendido que si os cruzáis con un Clío blanco conducido por una mujer que lo lleva muy cargado, es mejor que piséis el acelerador y os alejéis todo lo posible. 



[1]  Sigo siendo chica chick-lit aunque ahora en mis aventuras me acompaña el Zagal, porque después de descubrir lo que mola estar soltera y ser independiente, le conocí a él, que consiguió que me enamorase en cinco citas y que me siga sintiendo tan libre como cuando estaba soltera, así que era imposible decirle que no. 

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